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Full text of "El camino de la gloria. juguete cómico-lírico en un acto"

BIBLIOTECA DRAMÁTICA. 



3 



MMLASMFAS I SERIAS, 



REPRESENTADAS CON ÉXITO 



EN LOS TEATROS 



DE MADRID Y PROVINCIAS. 



MADRID. 

ATOCHA, 87, PRAL., IZQUIERDA, 
1875. 



1$ 



BIBLIOTECA DRAMÁTICA 



EL CAMINO DE LA GLORIA, 



SEGUNDA PARTE 



DE 



EL PIN DE 11 El 



DE DON LEOPOLDO PALOMINO DE GUZNIAN 



Representado por la primera vez en los Jardines del Buen Retiro, 
el dia 10 de Julio de 1876. 




JUNTA DELEGADA 

DEL 
TESORO ARTÍSTICO 



CUATRO REALES. 



Libros depositados en la 
Biblioteca Nacional 



rocedencia 



t.lóWás 



N.° de la procedencia 



MADRID: 

1MP. DE G. ALHAMBRA, SAN BERNARDO, 73. 
1S»6 



PERSONAJES. ACTORES. 



Matilde D. a EWira Massi. 

Juana *. Josefa Hernández. 

D. a Rosa Juana Rodrigo. 

D. Saturnino D. José García. 

D. Carlos José Martínez. 

_ La escena en un puebleeito de la Mancha. 



La actriz encargada del papel de Matilde debe pronun- 
ciar las palabras subrayadas como están escritas. 

Entiéndase por izquierda y derecha la del actor. 



Es propiedad del Editor de la Biblioteca dramática, y 
está bajo el amparo de la Ley de Propiedad literaria, ha- 
biéndose llenado los requisitos que la misma establece. 



Las Zarzuelas y Operas cómicas, ó serias, que compo- 
nen la colección de esta Galería, se prohibe representarlas 
como comedias, separando la letra de la música. 



ACTO ÜNIGO. 



La escena representa un patio-jardin. Al foro verja de hierro, y por 
detrás teloncillo de calle ó plaza. A la izquierda, primer término, casa 
con puerta y balcón encima; á la derecha, también primer término, 
muro con un torreón y puerta al pié, ó bien cualquiera obra de fá- 
brica que tenga una puertecilla y terradillo en su remate, donde 
pueda asomarse una persona. Emparrado, arrietes, y tiestos con flo- 
res. Es de dia. 

ESCENA PRIMERA. 

Juana regando las flores, y preludiando con la orquesta el 
Can-can de la primer parte de El Pan de la Emigración; y 
doña Rosa que entra precipitada y afligida, por el foro derecha. 

Rosa. Ay, vecinita! que desgracia tan grancb! Yo no sé lo 
que vá á ser del pobre don Saturnino, ni de doña 
Matilde, ni de mí misma, que les he dado^asilo en mi 
casa! 

Jüa. Pero qué sucede doña Rosa? 

Rosa. Una gran desgracia, vecina; una gran desgracia. 

Jua. Esplíquese usted, doña'Rosa, por todos los santos del 
cielo. 

Rosa. A eso voy, señora, que para eso he venido de parte 
de doña Matilde, 

Jua. Escucho á usted con ansiedad. 

Rosa. Pues como usted sabe; de resultas del parte telegrá- 
fico que recibió anoche don Saturnino, acerca de los 
sucesos ocurridos en Madrid, para hoy de madru- 
gada dispusieron su regreso á la Corte, á donde los 
llamaban sus amigos políticos, según decia doña Ma- 
tilde. 

Jua. Claro; como que parece que han vuelto los suyos al 
poder. 

Rosa. Yo les arreglé la maleta , y apenas llegó la aurora, 
se despidieron de mí, dándome un millón de abrazos, 
y haciéndome muchos ofrecimientos en pago de lo 
que yo había hecho por ellos, en la dolorosa emigra- 



725020 



cion que han sufrido en este pueblo, como dice doña 
Matilde. 

Jua. Dolorosa! Por qué? 

Rosa. Ella lo sabrá, que lo dice. Nos dimos entonces todos 
otro adiós, y enseguida tomaron ellos solitos el ca- 
mino que conduce por la vega á la estación próxima 
del ferro-carril. 

Jua. Adelante, doña Rosa. 

Rosa. No puedo negar á usted que algunas lügrimas^e es- 
caparon de mis ojos; son tan buenos y cariñosos esos 
amigos de mi difunto, que en paz descanse..! que la 
verdad, vecina, me separaba de ellos con amargura, 
si no era que mi corazón, siempre leal, me presa- 
giaba lo que iba á suceder. 

Jua. Pero, qué ha sucedido, señora? Acabe usted, por 
Dios santo. 

Rosa. Que han preso á don Saturnino, vecina de mi alma; 
que á la hora y media de salir de casa, lo he visto 
regresar entre una pareja de la Guardia civil, amar- 
rado codo con codo, seguido de la pobre doña Matil- 
de, que entró por mi puerta, dando alaridos que par- 
tían los corazones, y poniendo al alcalde y á los ci- 
viles, que no habia por donde cojerlos. 

Jüa. Preso don Saturnino! 

Rosa. Preso, vecina; preso como un criminal cualquiera,. y 
con una cara de dolor y de amargura, con una re- 
signación tan grande que... 

ESCENA II. 

Las mismas y D. Carlos, puerta izquierda. Se coloca entre 
las dos. 

Car. Y quién es el preso, doña Rosita? 

Rosa. Ay! señor don Carlos de mi vida; que tenga usted 
muy buenos dias! 

Car. Muy buenos los tenga usted, vecina; pero sepamos 
quién es ese preso que tanto le aflige á usted 

Rosa. Quién ha de ser, para que yo me aflija! Quién ha de 
ser! Don Saturnino. 

Car. Calle! El amigo de su difunto, que en paz descanse? 

Rosa. Pues, el mismo; amigo también de usted, y mas ín- 
timo que de mi esposo, por lo que yo pude enterar- 
me y ver anoche. (Anda con bromas.) 

Car. Cierto, doña Rosa; y vamos, quién ha preso á nues- 
tro amigo, y por qué motivo? Cuénteme usted todo 
lo que sepa. 

Rosa. Según lo que yo he podido averiguar, lo han preso 



al tomar con su esposa el tren para Madrid, porque 
no llevaba cédula de vecindad; aunque asegura doña 
Matilde, que su detención ha sido dispuesta por el 
alcalde, obedeciendo á órdenes que tenia del gobier- 
no contra su marido, que es un gran personage, y 
temible conspirador, como ya hoy no me lo ha ne- 
gado doña Matilde. 

Car. Personage y conspirador mi pobre amigo Saturnino! 
Vaya, vaya, doña Rosa, no diga usted disparates 
como doña Matilde, y vuélvase tranquila á su casa, 
que ahora mismo iré yo al ayuntamiento, y vere- 
mos qué significa todo eso, y los huéspedes de usted 
se marcharán libres á la corte, como vinieron, sin el 
menor daño en su viage. 

Rosa. Precisamente en el ayuntamiento lo tienen encerra- 
do, tomándole declaraciones; allí está el señor al- 
calde, á quien yo le he entregado ahora mismo una 
protesta de doña Matilde, según ella me ha dicho'. 

Cah. Una protesta? Buena será. Yoy corriendo, no sea que 
doña Matilde con su protesta, vaya á armar aquí 
una madeja, que no pueda desenredarla, ni cortándo- 
la, el intrépido Gordiano. Pobre Saturnino! Proba- 
blemente estará encerrado en el calabozo que dá á 
esta parte; tras de ese muro debe encontrarse suspi- 
rando el infeliz. 

Rosa. Tras de ese muro? 

Car. Justamente. 

Rosa. Pobre señor! 

<1ua. Pero no vas en su ayuda? 

Car. Sí; voy á ver si lo salvo; y entretanto, doña Rosa, 
vuélvase usted, sin aspaviento?, al lado de doña Ma- 
tilde, y dígale usted que no se apure, y que si quiere 
ver á su esposo, que venga, que yo le proporcionaré 
medios y ocasión de verlo, sin que se entere nadie, 
por supuesto, y mientras se le pone en libertad. 

Rosa. Pues voy enseguida, don Carlos, porque la pobre 
señora está angustiadísima, como puede usted figu- 
rarse. 

C\i\. Me lo figuro, doña Rosa, y por lo mismo vaya usted 
volando, y dígale que por Dios no dirija protestas al 
alcalde, que es tan escamón, como indiscreta la bue- 
na de doña Matilde. 

Rosa. Conque hasta luego, vecinos. 

Jua. Vaya usted con Dios, doñaRosn. ( Yase/oro izquierda.) 



ESCENA III. 
Juana y D. Carlos. 

Car. Qué diablos será esto! 

Jua. Crees tú que la cosa puede ser grave? 

Car. prave, precisamente, no lo creo, porque Saturnino 
es un buen hombre, incapaz de haber hecho nada, 
por lo cual se le persiga criminalmente; pero como 
el alcalde es tan testarudo, y tan majadero, y luego 
la esposa de Saturnino tan habladora y tan impru- 
dente, sabe Dios lo que puede haber ocasionado la 
prisión de mi pobre amigo. 

Jua. Pero no es verdad que han entrado en el poder les 
protectores de don Saturnino? 

Car. Qué sé yo, Juana. Sucesos de consideración deben 
estar ocurriendo en Madrid, y es un hecho la caida 
del ministerio, como lo es, según el telegrama qee 
anoche recibió mi amigo, que ha sido repuesto el 
municipio que lo tenia empleado; pero, qué persona- 
ge es un alguacil, para imponerse á la primera auto- 
ridad de un pueblo, y de las condiciones de nuestro 
alcalde? 

Jua. Pero su protector puede tener influencia bastante con 
' el nuevo ministerio, para destituir y castigar á este 
alcalde, por los atropellos que cometa contra tu po- 
bre amigo. 

Car. Eso es verdad, Juanita; pero, y los disgustos y tras- 
tornos que puede proporcionarle antes, enviándolo 
por ejemplo, amarrado á la cabeza del partido? 

Jua. Cómo! Tu crees.'... 

Car. No, yo no digo que lo haga; quiero decir que hasta 
que su protector se entere de lo que pasa, y lo re- 
clame, tiempo habría para que lo pasase mal el des- 
dichado Saturnino, si en efecto se encuentra indocu- 
mentado; y eso es precisamente lo que yo quiero 
evitar, yendo ahora mismo al ayuntamiento. 

Jua. Pues vé, Carlos, y no te detengas. 

Car. Sí, voy enseguida, y en tanto vuelvo, prepárame de 
almorzar, que me siento con apetito. 

Jua. Al momento. 

Car. Adiós. 

Jua. Adiós, esposo mió, y que no te comprometas tú en 
nada, ni por nadie. 

Car. Descuida, mujer, descuida. [Vaso foro derecha; Juana 
le vé partir y se retira puerta izquierda.) 



._ 7 - 

ESCENA IV. 

Aparecen foro izquierda, Matilde con ¿raje negro y manto 
caido, y doña Rosa. Aquella en la mayor aflicción. 

Rosa. Esta es la espalda de la casa-ayuntamiento; detrás 
de esas paredes debe estar encerrado el bueno de 
don Saturnino, según me ha dicho el secretario. 

Mat. Disventurato consorte! Cuale sarai il tuo destino^. 

Rosa. El secretario dice, que no hay que tener cuidado, 
que él lo pondrá en libertad enseguida. 

Mat. Oh! non lo credete, carísima doña Rosina; non lo cre- 
dete. La nostra situachione é terribile adesso, si nonfá 
un mirácolo íl chielo. 

Rosa. Pero hábleme usted en castellano, doña Matilde, 
porque sino me quedo en ayunas. 

Mat. Pues en castellano le digo á usted, que il mió pavero 
marito sará fosilato domani, come in questti jomo, 
quiero decir, hoy mismo T no venga de la corte el 
auxilio que io he demandato del gobierno por con- 
ducto de il nos tro protector e. 

Rosa. Ya! sobre eso era el parte telegráfico que ha puesto 
usted para el marqués de... 

Mat. Yustament, madame Rose ,yustament, y ahora ye vú su- 
plie que me deje sola algunos momentos, porque 
quiero morir de dolor al pié del muro , dove pianye 
il prichionero. 

Rosa. Comprendido, doña Matilde; y corro al ayuntamien- 
to, donde ya estará el secretario, á ver si averiguo al- 
guna cosa sobre la suerte de don Saturnino. 

Mat. Ándate, miasiñora, ándate. 

Rosa. Que es andar! Volando voy, enseguida. 

Mat. O revuar. 

Rosa. Hasta luego. (Vase Rosa foro derecha.) 

Mat. Addio. 

ESCENA V. , 

Matilde contemplando los muros de la derecha. La música 

empieza á preludiar el miserere de El Trovador, mientras la 

actriz dice los siguientes versos. 

Esa es la torre; allí está, 
y maldiciendo su suerte, 
espera triste la muerte, 
que no está lejos quizá. 
Si me quisiera escuchar 
el alcalde? Si lograra 
salvarlo así; qué importara 



— 8 — 
hoy de camisa cambiar? 

(Suena la música.) 
Ese lúgubre clamor... 
O. .. tal vez escuché mal, 
No, no... ya la hora fatal 
ha llegado... sí señor. 

MÚSICA. 

{El dúo del Trovador y Leonor, que se conoce por el miserere.) 
HABLADO. 

Mat. Saturnino! Caro marittol 

Sat. Matilde! Carísima costilla! 

Mat. Conque prichionero in questo caslello? 

Sat. Sí, hijamia, encerrado en casa de madre abuela, por 
fiarme de tí, viajando sin cédula de vecindad. 

Mat. Los hombres públicos no necesitan de documentos 
como los bandidos. 

Sat. Pues ya lo ves, me han tomado por un salteador, 
precisamente por no llevarlo. 

Mat. No, no, Saturnino; te han tomado por lo que eres, 
por un hombre político; y por eso te han encerra- 
do , porque temen que la influencia de il tuo nome, 
altere la tranquilüé de cette ville. 

Sat. Matilde! 

Mat. Pero no temas niente; ya estás en el camino de la 
gloria; dan lechemen de lagluar, como dicen los fran- 
ceses; y mañana saldrás de tu prisión , ó para una 
altísima posición oficial, ó para el cadalso... 

Sat. Caracoles! 

Mat. Que es la palma de la inmortalité. 

Sat. De modo que continúas en la manía de que yo sea 
un hombre político? Mira que vas á perderme, 
hija mia. 

Mat. A salvarte, desdichado! Haz tú lo posible porque 
no te fusilen hpv, que mañana, esta noche, dentro 
de una hora quizás, el telégrafo habrá destituido á 
este alcalde, y tú serás Vanfan terrible di questo po- 
pólo; el héroe de esta comarca; il Garibaldi di ques- 
ta nuova Sichilia. 

Sat. Ave-María purísima, y qué modo de disparatar! 

Mat. Por supuesto que recompensaremos largamente á tu 
amigo el secretario, que tanto está trabajando por 
tu libertad, y á quien debemos esta dulcísima entre- 
vista? 

Sat. Ah! por supuesto! (Le llevaremos la corriente.) Qué 
te parece que lo hagamos? Já! já! já! 



— 9 — 

Mat. Te ries? Te burlas quizás de los presentimientos del 
corazón? 

Sat. No, no me burlo; pero... 

Mat. Tu sai un povero diavolo, que no deberías salir mal 
de lo que fuiste; de un alguacil del ayuntamiento de 
la corte. 

Sat. Pues mira qué pedrada me pegas con eso; ojalá que 
me viera de nuevo en mi alguacilado! 

Mat. Silencio, inconcienzudo Saturnino! Silencio! Tu sa- 
rai lo que ío vorré qui sai, cuando lleguemos á Ma- 
drid, y se sepa en los círculos oficiales tus padeci- 
mientos y persecuciones, tus méritos y tus servi- 
cios. 

Sat. Pero... 

Mat. Chiton! Que viene gente. 

Sat. Me escondo. 

Mat. Ah! es nuestro vecino: é il nostro protectore in cuesta 
disgrachia. 

ESCENA VI. 

Los mismos^ y D. Carlos, foro derecha. 

Car. Adiós, doña Matilde. 

Mat. Te sui tutta vú. 

Car. Eh? 

Sat. Dice que es toda tuya, Carlitos. 

Car. Calle, que está allá Saturnino! Já! já! já! Me pare- 
ces una cigüeña en ese torreón. 

Sat. Pero, hombre, te burlas de mi desgracia? 

Car. Dios me libre de semejante cosa; pero mira, baja por 
una escalerilla que debes tener á tus plantas, hasta 
que llegues á la puerta que sale á este patio. 

Sat. A esa? 

Car. Cabal; y anda pronto, aprovechemos los momentos 
en que el alcalde ha ido á almorzar, y te contaré 
todo lo que sucede. (Desaparece Saturnino.) 

Mat. Cómo, vichino, hádete la clave di cuesto oscuro castelol 

Car. Mire usted, doña Matilde, ni esto es un castillo, ni 
puede decirse con verdad que esté oscuro. Estas son 
habitaciones que tiene á su espalda la casa ayunta- 
miento, en las cuales he mandado yo que quede de- 
tenido Saturnino; para que usted pueda verlo y ha- 
blar con él; y para evitar de este modo que fuese á 
la cárcel, mientras que se arregla su asunto, y lo 
ponemos en libertad. Pero aquí está ya el prichio- 
11 ero. (Con burlas.) 

Mat. Esposo diletto! (.4 Saturnino que s<' presenta.) 



- 10 ~ 

Sat. Querida Matilde! 

Mat. Ah! {Se abrazan.) 

Sat. Carlos! {Lo abraza.) 

Mat. (Cómo mi balsa il cuore.) 

Sat. De qué modo podré pagarte tus... 

Car. Vamos, déjate de exageraciones y al asunto. 

Sat. Qué hay? 

Car. El alcalde está hecho una fiera contigo, y más que 
contigo, con tu mujer. 

Mat. Conmigo? Ah! lo disprechio. 

Sat. Con mi mujer? Y por qué motivo? 

Car. El alcalde, que como sabes siempre te tuvo por per- 
sona sospechosa, á causa del tenaz retraimiento en 
que has vivido desde tu llegada á este pueblo , al 
ver que esta mañana se marchaban ustedes de re- 
pente, y en vista del run nm que corre sobre acon- 
tecimientos graves en Madrid, después de la caida 
del ministerio... 

Mat. Anavan, monami: prosiga usted. 

Sat. No interrumpas. 

Car. Se afirmó más en su sospecha. 

Mat. Naturalmente. 

Car. Hasta aquí la cosa no era un peligro, porque yo ha- 
bría salido fiador de ustedes, y mañana hubieran 
podido emprender su regreso á la corte; pero es el 
caso, que después averiguó que anoche te habian 
llevado un telegrama. 
Sat. Pues, el del marqués mi protector, que recibimos en 

presencia tuya. 
Car. Eso es; personaje sospechosísimo para el alcalde, 
como puedes figurarte, por lo señalado que está co- 
mo jefe de un grupo de ki oposición; y por último, 
ha recibido la carta que traigo aquí, y que, la ver- 
dad, señora, aparte de estar escrita en forma y en 
estilo muy poco respetuoso para dirigirla á una au- 
toridad, su contenido no es muy tranquilizador para 
un hombre tan escamado como lo está el alcalde. 
Sat. Y de quién es, y qué dice esa carta? 
Mat. (E il mió bületo.) 

Car. Toma, y léelo tú mismo, mientras subo á avisar á 
Juanita mi regreso, para que me disponga el al- 
muerzo. Vuelvo. {Carlos se vá puerta izquierda.) 

ESCENA VIL 

Matilde y Saturnino, que empieza leyendo la carta. 
Sat. «Lo que ha hecho usted con mi esposo es un acto 
vandálico y tirano, (Ave-María purísima!) propio 



solamente de autoridades calomardinas, (Dios eter- 
no!) que no saben respetar la autonomía del ciuda- 
dano, ni sus derechos individuales. (Cristo me val- 
ga!) Pero no se gozará usted por muchas horas en 
su triunfo; mi esposo estará en el poder muy pron- 
to... (Matilde!) y usted y los suyos sufrirán entonces 
el rigor de la nostra vendeta.» 

Sat. Es tuya esta carta? 

Mat. Sí; e la mia protesta. 

Sat. Tuya? 

Mat. Sí, hombre, sí. 

MÚSICA. 

(Maldición de Edgardo en la ópera Lucía di Lammenmour, y 
final de la ópera Norma.) 

ESCENA VIII. 

Los mismos, y Carlos que regresa. 

Car. Pues no arman ustedes poco escándalo en circuns- 
tancias tan graves! 

Sat. Conque graves, eh? Y todo por causa de mi trituin- 
gue consorte, como ella dice que es. 

Mat. Te compadezco, Saturnino; tú non sará mal que un 
disventurato mor tale, tú no eres el héroe que ha so- 
ñato ü mmpenziero. 

•Sat. Me tienen sin cuidado tus sueños; lo que yo quiero 
es, que el enredo en que tú me has metido, tenga re- 
medio. " . 

Car. Allá veremos, Saturnino; no hay que desesperar. 

Mat. Oh! qué inspira cMone : remedio dices? lo tendrá: ¿o 
te lo promeso veramente. 

Sat. Vas á buscarlo en la farmacia del doctor Garrido, 
* Luna, 6? 

Mat. Malnerá di tuá, si yo tuviera el cerebro tan reblan- 
decido como el tuyo. Te he dicho que hay remedio, 
y lo aplicaré. 

Car. Pues expliqúese usted, Matilde, que si su inspiración 
tiene condiciones, le ayudaré á realizarla. 

Sat. Sí, mujer, explícate; pero en castellano, por María 
Santísima, para que podamos entenderte con faci- 
lidad. 

Mat. En este mismo momento vuelo desolada á la* mesón 
del alcalde. 

Car. El alcalde no vive en el mesón, Matildita; vive á 
dos puertas de la casa-ayuntamiento. 

Mat. Sé dove, señor victimo, sé dove. 



— 12 - 

Car. Adelante. 

Mat. Me presento á su vista, y le digo: ó la liberté para 
ilmio marito, ó la morte para mita. 

Sat. Te tomará por loca el alcalde. 

Mat. Justamant, y eso es lo que nos conviene en estos 
momentos, y por esto mi proyecto es una veritable 
inspirachione. 

Car. Pues mira, Saturnino, no está del todo mal pensado 
el negocio; así se me prepara el camino para des- 
virtuar el efecto de la carta, que tanto ha solivian- 
tado el ánimo del testarudo alcalde. 

Sat. Pues manos á la obra. 

Car. Y mientras tú... 

Mat. Y mientras, il mió marito se viste una sotana con su 
correspondiente manteo y capelo de teja, y empren- 
de la fuga caminando tuyur á un par de kilómetros 
de la vía férrea de Madrid. 

Sat. Eso es, y me cejen los civiles fuera de camino, me 
toman por el cura Santa Cruz, y me fusilan, 

Mat. Y qué? La historia te hará justicia. 

Sat. Anda al infierno. 

ESCENA IX. 
Los mismos, y Doña Rosa con un telegrama. 

Rosa. Señora, señora! Un parte telegráfico para usted de 

Madrid. 
Car. Un parte! 
Mat. Para mua? 
Sat. Para mi esposa? 
Mat. Sí, sí; tiene il mío nome; vederemo. 
Sat. De quién será? 
Mat. Oh, Dio! di la marquesina*. 

Sat. Trae, trae, quiero leerlo, Matilde. * 

Rosa. Yo me vuelvo á casa, porque según me han dicho, 

vá á ver bullanga. 
Mat. Sí, vayase usted, doña Rosina, y ritorne á decirnos 

lo que ocurra. Lee tú, pronto. {V ase Doña Rosa.) 

ESCENA X. 
Los mismos , menos Rosa. 

Car. Anda, hombre, lee, que los momentos son precio- 
sos. 

Sat. «Triunfo completo; mi esposo forma parte del nuevo 
gobierno; vénganse ustedes al momento, que ahora 
es ocasión de lograr un puesto bueno.» 



- 13 — 

Mat. Un puesto! 

Sat. Un puesto dice. 

Mat. No un destino, ni una colocación, sino un puesto. 

Sat. Sí, Matilde; un puesto dice, y un puesto bueno; mi- 
ra. (Enseñándole el telegrama.) 

Mat, Lo vede ancora, afortúnalo con sortel 

Car. A ver, Saturnino, enséñame ese parte. Justo, lo ha 
visto el alcalde, yes de su letra; ha puesto el repár- 
tase. Claro es que sabe ya oficialmente el cambio de 
situación. 

Mat. Y claro se comprende también, que quiere ponerse 
bien con las personas influyentes como nosotros. 

Car. Seguro. 

Mat. Una palabra; conviene que Saturnino non ritorne píu 
á su prisión; que se fugue de ella, y que se presente 
súbito sur la publica vía, arengando al popólo. Ques- 
to é un golpe de efecto, que nos dará un bon sucheso. 

Sat. Matilde! 

Caií. Tiene razón tu esposa, Saturnino; abandona la pri- 
sión enseguida; que piense todo el mundo que te has 
fugado de ella! 

Sat. Ya se guilló mi pobre Carlos! 

Mat. Fuche, fuche sin vacilar di cuesta fortaleza. 

Car. Huye, huye enseguida. 

MÚSICA. 

(Terceto de tiple, tenor y barítono del acto II de la ópera El 
rallo in maschéra.) 

Car. Conque vamos, Saturnino; te decides al desempeño 
del papel que la fortuna te depara? 

Sat. Pero, y si el alcalde me manda prender de nuevo 
por alterador del orden público? 

Car. No tengas miedo, hombre, que yo le haré ver lo pe- 
ligroso de un atropello en momentos tan críticos co- 
mo el presente, y se irá con tiento hasta tanto que 
no se reciban comunicaciones de Madrid, acerca de 
lo que está ocurriendo , y se tengan instrucciones 
del nuevo gobierno. 

Mat. Oh! qué bene ha par lato adesso il secretario. Mió caro 
amico; usted sará un jefe de orden público deprimí- 
simo cartelo. Tendré la satisfacción de dar vuestro 
nombre al ministro para este destino. 

Car. Gracias, doña Matilde. 

Sat. Pues no ofrece ya destinos mi mujer! Pero señor, 
estaremos todos guillados en este pueblo? 

Mat. Qué murmuras, Saturnino? 



— 14 — 

Sat. Nada, esposa mia; (sigámosle la corriente.) Digo, 
qué cuál es la forma en que debo desempeñar mi 
papel de conspirador? 

Car. Pues es muy fácil, Saturnino. Empiezas por intro- 
ducirte en^ los grupos que en este momento deben 
estar formándose en la plaza, y como ya te conocen, 
porque todo el pueblo te ha visto venir preso desde 
la estación á la casa consistorial, te rodearán ense- 
guida, ávidos de noticias. Todos los mozos de empu- 
je, á los cuales les dices que en Madrid andan á tiros, 
que tú te has escapado de la prisión en que te en- 
cerró el alcalde... y en fin... 

Mat. Que tus amigos de la corte están ya en el poder... 

Car. Y que es preciso pronunciar al pueblo enseguida, y 
que se nombre un nuevo ayuntamiento, y sobre to- 
do, un nuevo alcalde. 

Sat. Dios me coja confesado. 

Mat. Un nuevo alcalde; pur axample, il nostro amico don 
Carlos. 

Car. Interino, no tengo inconveniente en serlo; pero des- 
pués... 

Mat. A la corte á figurar. 

Sat. Nada, nada; todo el mundo guillado, y lavíctima yo. 

ESCENA XI. 
Los mismos, y Doña Rosa 'precipitada. 

Mat. Aquí ritoma doña Rosina; vederemo lo quepas?, ancora. 

Rosa. Vengo á escape para decir á ustedes, que todo el 
pueblo está alarmado con las noticias que corren de 
boca en boca; que quieren quitar al alcalde, y á todo 
el ayuntamiento; y que las tiendas se han cerrado, 
y que vá á pasar algo gordo muy pronto. 

Mat. Lo ves, ignorante marido? Lo ves ahora, come io te 
lo liabebe vaticinato? 

Car. A la plaza, Saturnino, á la plaza al momento, á ha- 
certe presente en los grupos, y á poner en circula- 
ción mi nombre, como cómplice que he sido en tu fu- 
ga, ó estamos, perdidos irremisiblemente si nombran 
otro ayuntamiento sin contar conmigo. 

Mat. Sí, Saturnino, á la estradella súbito; tú eres el hom- 
bre de la situación en este pueblo, si sabes aprove- 
charte de las circunstancias; á la estradella, á la es- 
tradella. 

Sat. Pues señor, vamos á la estradella, y sea lo que Dios 
quiera. 

Mat. Usted, doña Rosa, sígalo de lejos, y tráiganos usted 



— 15 — 

noticia con frecuencia de lo que vaya ocurriendo. Ya 
recompensaremos sus servicios larguísimamente. 

Cah. Yo, en tanto, me vuelvo á la casa consistorial por 
esta misma puerta; y usíed, doña Matilde, puede 
quedarse aquí con la Juanita, á quien voy á avisar 
de su llegada. 

Rosa. Vamos, señor? 

Sat. Adiós, Matilde, adiós, Carlitos , hijo mió, por Dios 
que no me abandones. 

Mat. La benedichione del chelo P acompañe j buona sorte. 

Car. Anda, hombre, y no temas nada. 

Sat. Es claro; qué más dá morir de viruelas que de cua- 
tro tiros. (Se van Saturnino y doña Rosa.) 

ESCENA XII. 

Los mismos y Juana por la izquierda. 

Mat. Se fué. 

Car. Se fué; pero aquí viene mi esposa. 

Jua. Ah! Carlos, te buscaba. 

Mat. Juanita! 

Jua. Cómo! Estaba aquí esta señora, y no me dabas aviso? 

Car. Ahora mismo iba en tu busca, Juana; precisamente 
. para que se quedase en tu compañía. 

Jua. El bueno de D. Saturnino preso? 

Car. Qué ha de estar preso, Juanita? Saturnino se en- 
cuentra en este instante libre como el pájaro, aren- 
gando al pueblo en medio de la plaza pública. 

Jua. De veras? 

Mat. Ckerto, chertisimo. 

Jua. Pues qué sucede? Explicarse por Dios, que para eso 
he bajado corriendo en busca de Carlos, al ver la 
mucha gente que sube por la calle de la espalda, en 
dirección á la plaza,, y en actitud alarmante. 

Mat. Siano tute insurreccionan, carísima vichina. El pri- 
chionero, que e il mió marito, se ha puesto al frente, 
del movimiento popular, y nuestro queridísimo don 
Carlos sará nómbralo, interinamente, por supuesto, le 
mer de la ville; quiero decir, alcalde del pueblo. 

Jua. Pero Carlos, te vendrá á tí con esto algún disgusto? 

Car. Venga lo que viniere, ya no tiene remedio; la pelota 
está en el tejado... 

Mat. Y solumant el chelo sai a dove s'arrestará. 

Jua. Qué? 

Car. Que hemos jugado el todo por el todo. 

Mat. Precisamant que ñus avon jué le tu par le tu. 

Car. Conque quédense ustedes aquí las dos algunos mo- 



- 16 — 

mentos, que me voy por esta puertecilla á mi secre- 
taria, para estar á la mira de los sucesos; y avísen- 
me ustedes si ocurre algo, que yo no dejare tampoco 
la ida por la venida. 

Jua. Vé, pues, y te repito que no te comprometas. 

Mat. Adié mon ami; sanie y prosperité. {Vase Carlos.) 

ESCENA XIII. 
Matilde y Juana. 

Jua. Pero dígame usted, doña Matilde: correrán peligro 
nuestros esposos, con este embrollo político en que 
se han metido por causa de... 

Mat. Por causa de quien? Andiamo vichim t vederemo ilfine 
de la vostra acusachione. 

Jua. Temo, por causa de usted, que los ha levantado de 
cascos con sus ilusiones de figurar. 

Mat. Voy siete una gavera creatura de la estessa madera 
que ü mió consorte. 

Jua. Yo no entiendo la lengua de usted, doña Matilde; 
hábleme usted en cristiano , si quiere usted que la 
conteste. 

Mat. Digo, que yo no me hago ilusiones, mi buena y can- 
dida Juanita; io ambiciono veramente, cuesto é cherto; 
pero mis ambiciones sonó fundatas y legítimas, y 
lograré mis deseos; credete a me, carísima siñora. 

Jua. Dios lo haga, doña Matilde, porque mire usted que 
si se equivoca en sus pronósticos, nos perdemos to- 
dos para siempre. 

Mat. Habetefede, Juanita, hádete fede, y non témete píu. 

Jua. Que sea loque Dios quiera. 

Mat. Adesso come due sorela andiamo a cantare cualque cosa 
in sonó de distrachione. 

Jua. Qué cantamos? 

Mat. La marsellesa. 

Jua. Oh! la marsellesa? De ningún modo. 

Mat. Esta bene, cantaremos il bolero de María Padilla. 

Jua. De María Padilla, la del comunero! 

Mat. No: la de Donizette. 

Jua. Ya. 

Mat. Pues. 

Jua. Lo cantaremos. 

MÚSICA. 
[Bolero de María Padilla.) 



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ESCENA XIV. 
Las mismas y Doña Rosa. 

Rosa. Victoria, doña Matilde! Victoria, doña Juanita! He- 
mos triunfado completamente. 

Mat. Paríate, mia siñora, per Dio santo. 

Jua. Diga usted pronto, vecina, qué sucede? 

Rosa. Que don Saturnino es el amo del pueblo en este mo- 
mento, después de haber pronunciado un discurso 
que ha entusiasmado hasta las piedras, 

Mat. Oh! que felichitá! 

Jua. Pero y mi esposo? 

Rosa. Don Carlos ha sido nombrado alcalde, á propuesta 
de don Saturnino, que le ha entregado la vara, en- 
tre vítores y aplausos. 

Mat. Tutto ha sortito come io borrebal II mió pede achenderá 
al Capitolio di cuesta nachione. 

Jua. Mi esposo con lavara! (Grandes aclamaciones fuera , 
y suenan a lo lejos el dúo de bajos de la opera los pu- 
ritanos.) 

Mat. Silencio, silencio! Escóltate al popólo; vienen cantan- 
do los puritanos. 

Voc. Viva! Viva! 

Mat. Oh! quel piachere! 

Voc. Viva! Viva! 

ESCENA ÚLTIMA. 
La misma y aparecen al foro Saturnino y Carlos. 

Sat. Gracias, amado pueblo; dejadme descansar un mo- 
mento; que ya volveré á reunirme con vosotros. 

Voc. Viva! 

Sat. Adiós, oh! (Bajan Saturnino y Carlos.) 

Car. Aquí está el héroe. 

Sat. Matilde, esposa adorada. 

Mat. Salú al libertatore de la Mancha. Gloria al héroe! 

Sat. A tí lo debemos todo. 

Mat. A tu genio, Saturnino; tu eres un político en bruto. . . 

Sat. Matilde! 

Mat. Pronto serás un brillante estadista. 

Car. Es posible. 

Sat. Pero si yo... 

Mat. Basta. 

Sat. Es que... 

Mat. Basta, digo que la vas á... 

2 



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Sat. Pues basta. (Se ¿apa la boca con la mano.) 
Mat. Ya siamo tutti en el camino de la gloria; apresan á 
deyuné, y domani á Madrid, al eco di "a trompa pu- 
ritana. 

MÚSICA. 

(Alegro del dúo de bajos de los puritanos, por los que están en 
escena.) 



FIN. 



PUNTOS DE VENTA. 



MADRID. 



Librería de la Sra. Viuda é hijos de D. José Cuesta , Calle 
de las Carretas, núm. 9. 

PRECIOS. • 

En cuarto mayor, 4 y 5 reales.— En octavo, 4, 6 y 8 rea- 
les.— En Ultramar, los establecidos por los comisionados. 

PROVINCIAS. 

En casa de los corresponsales de la Biblioteca Dramática. 

Pueden también hacerse los pedidos á esta Casa, ó librería 
de Cuesta, acompañando su importe en Libranzas del Tesoro, 
ó letras de fácil cobro , sin cuyo requisito no serán servidos. 
Se pedirán también en Barcelona, á D. Isidro Cerda, Calle de 
la Princesa, núm. 12, principal